| 25 de Julio de 2010
CONVERSACIÓN CON EL PADRE
Al orar, establecemos una comunicación íntima con Dios, porque rezar no es repetir mecánicamente una plegaria aprendida de memoria, sino abrir una conversación sentida y profunda con Él... la oración verdadera debe ser uno de los momentos más ricos y profundos de la experiencia religiosa. Es por eso que, cuando los discípulos se dirigen a Jesús diciendo “Señor, enséñanos a orar” (Lc 13,1), están pidiendo al Divino Maestro uno de los dones más importantes para poder seguirlo. Y Su respuesta ha señalado, desde entonces y pasando por todas las vicisitudes que ha vivido
Iniciando su invocación, nos muestra a Dios que es Padre, no sólo Suyo o sólo de los cristianos, a Dios que es Padre de todos... que es Padre Nuestro. Por eso, el primer paso es tener pleno conocimiento que somos hijos de ese padre y que, como tales, debemos dirigirnos a él. No existe el miedo... sí el respeto, la confianza para abrir nuestro corazón sin dobleces, estando concientes de que nos conoce desde antes de nuestro nacimiento. Jesús nos dice, a continuación, que a este padre, que está en el cielo y del que todo es santo, le podemos pedir lo necesario para que su reino de amor y fraternidad llegue a nosotros. Siendo nuestro deseo y obligación colaborar con el Padre en esta tarea, es indispensable conocer Su voluntad y que nuestras necesidades sean cubiertas. Sólo con su ayuda y en nuestra condición filial, podremos avanzar en la colaboración que se nos ha pedido a través de la palabra de Cristo el Señor, ya que estamos expuestos ha dejarnos llevar por tentaciones que nos conducen al mal, alejándonos del camino verdadero.
San Lucas cierra este inicio del capítulo 11 de su Evangelio, culminando su contenido con palabras que dirige Jesús a sus discípulos: “Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más, el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 13). Nunca olvidemos que no somos “hijos únicos”, aunque a veces actuamos como si lo fuéramos, cuando, de manera egoísta, pedimos ayuda a Dios sólo ante nuestras angustias y problemas personales. Sin duda son importantes, como lo son para todo padre los problemas de cada hijo, pero ellos deben enfocarse en el contexto del conjunto... por algo, cuando Jesús enseña a orar, lo hace en plural: en el “Padre nuestro” no existe el “yo”, sólo el “nosotros”; no existe el “mío”, sólo el “nuestro”. El Señor nos ama como personas, pero nos pide que actuemos como grupo, en la comunión de Su Iglesia. Sólo si nos potenciamos en esta asamblea podremos encontrar el Camino,
† René Rebolledo Salinas
Obispo de Osorno









